martes, 7 de septiembre de 2010

Viaje individual

Empujones, jalones, gritos, ventas de productos de los usos más variados e inimaginables y, en el mejor de los casos, poder viajar amplias distancias acompañado de la conversación de un amigo; todo eso y más está a la orden del día viajando en el metro. Para algunos ir en metro significa la posibilidad de llegar lo más rápido posible a su trabajo, aunque no la más cómoda, a otros les permite llegar a la escuela y a la mayoría, al final del día, les sirve como medio para reunirse con la familia que espera en casa.
Eso sí, mientras se va en este transporte todos se reconocen como viajeros de amplias distancias y sus acompañantes pueden ser muy diversos, dependiendo de la hora, la gente que aborda el vagón y el destino a donde se busca llegar. Algunos viajeros se acompañan de una lectura, los que tienen suerte pueden ir en pareja o en grupos, otros más se aventuran en el mundo del sueño, pueden verse algunas mamás regañando a sus hijos pero eso sí, haciendo la tarea que no terminó el niño la noche anterior; unas más sufren una transformación producida por maquillaje que se mide por los minutos empleados en aplicarse y los centímetros que abarcan sobre el lienzo del rostro, y el caso de esos que se acompañan por la música en sus oídos gracias a unos audífonos.
Pero ¿qué podría tener de raro trasladarnos de un lugar a otro en transporte público? Lo interesante está en esa conducta que se desarrolla por la estancia en compañía de personas desconocidas. Todo va muy bien si esos desconocidos permanecen alejados de nosotros, pero el mínimo contacto puede resultar en irritación o desconcierto, ¿por qué esta necesidad de que los demás reconozcan en nosotros un espacio que no deberían invadir? ¿Por qué esta negación al contacto con el espacio ajeno?
Observamos una actitud especial para el traslado en transporte público, como si apretáramos el botón de individualidad absoluta al entrar por los torniquetes. Es interesante que justo en el metro, como un espacio donde se está rodeado de gente, sea donde nos resguardamos en nosotros, en una interioridad que quisiera no tener que involucrarse para nada con el otro. Ni siquiera hay la posibilidad de reconocer la voz ajena, porque incluso si alguien habla y se dirige a nosotros, no lo reconocemos ¿respondemos? No. Seguramente regalamos algunas palabras de regreso, pero no unas que signifiquen una respuesta.
¿Qué ha sucedido con nuestros cuerpos que además nos delimitan como individualidades ajenos a todo nuestro entorno y a esos otros? ¿Por qué el cuerpo como espacio de contacto y sensibilidad de lo externo nos ha servido como guarida en un mundo donde lo que menos se desea es que se le transgreda?
Por supuesto que estoy consciente de que en nuestra realidad el metro no es precisamente un espacio de cordialidad o seguridad, y que en ningún caso una chica quisiera que cualquiera se le acercara, y ha sido tan poco el respeto posible que ha tenido que designarse un lugar para que viajemos. Estoy segura de que cualquiera ha cuidado en más de una ocasión su bolsillo cuando la cartera está tan cerca de otro. Quizá estos problemas determinan de algún modo esta irritación frente al otro, de tal manera que nadie quiere tener cerca a un otro ¿cómo no negar al cuerpo si parece que él, al menos en nuestra realidad, es donde en principio se nos invade? ¿cómo construir la posibilidad de recuperar nuestra sensibilidad con todas esas problemáticas que nos invaden y hacen que delimitemos nuestro espacio? Pensemos nuestro organismo como delimitación de una individualidad y cómo hemos llegado a ser yo y sólo yo.

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