miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Resultado o camino?

Pues, que he pasado por un momento de crisis de identidad filosófica, por supuesto que una de pronto puede no querer seguir haciendo lo mismo, simplemente ganas de moverse un poco para no dormirse. Ya lo dice el refrán "filósofo que se duerme se lo lleva la corriente", bueno no era exactamente así, pero la idea funciona. Y es que en los últimos días se siente lo ajeno por los pasillos de la filosofía, como si de pronto filósofar significara tomar una postura frente a algo, no sé...estoy dudando de eso en estos días.
Me pregunto ¿Qué pensaba de la filosofía antes de que decidiera inscribirme en una institución para ser "profesional de la filosofía"? ¿Alguna vez pensé que se podía ser un sedentario de la filosofía?
Por supuesto que no descarto la idea de que tomemos postura frente a algo, seguramente sin querer lo hacemos todo el tiempo, pero ¿es eso el fin que persigue el filosofar?
Quien sabe qué sea lo que se busca, lo cierto es que puede resultar más divertido saltar de un lugar a otro, seguro habrá problemas, que siempre saldrán a dar la cara, pero no obligando a ir una base.
Recuerdo ahora a K. Stanislavsky, pues, dentro de sus narraciones donde una se convierte en su alumna de teatro, invita a pensar que no es el resultado lo que debe mostrar la acción de un personaje cuando se busca realidad en la ficción. No se llora simplemente cuando se quiere llorar, como si activáramos el mecanismo con un botón; hay una serie de acontecimientos que desembocan en el llanto, desde una emoción, hasta el pliegue de la piel en un párpado ¿cómo se puede entonces pretender que la representación muestre sólo el llanto? No es pues el resultado lo que permite la acción, sino el camino que se ha recorrido para llegar hasta ahí.
¿Cómo se representan las filosofías? ¿Dónde se encontrarán en estos días? ¿Es filosofía del resultado o del camino?

martes, 7 de septiembre de 2010

Viaje individual

Empujones, jalones, gritos, ventas de productos de los usos más variados e inimaginables y, en el mejor de los casos, poder viajar amplias distancias acompañado de la conversación de un amigo; todo eso y más está a la orden del día viajando en el metro. Para algunos ir en metro significa la posibilidad de llegar lo más rápido posible a su trabajo, aunque no la más cómoda, a otros les permite llegar a la escuela y a la mayoría, al final del día, les sirve como medio para reunirse con la familia que espera en casa.
Eso sí, mientras se va en este transporte todos se reconocen como viajeros de amplias distancias y sus acompañantes pueden ser muy diversos, dependiendo de la hora, la gente que aborda el vagón y el destino a donde se busca llegar. Algunos viajeros se acompañan de una lectura, los que tienen suerte pueden ir en pareja o en grupos, otros más se aventuran en el mundo del sueño, pueden verse algunas mamás regañando a sus hijos pero eso sí, haciendo la tarea que no terminó el niño la noche anterior; unas más sufren una transformación producida por maquillaje que se mide por los minutos empleados en aplicarse y los centímetros que abarcan sobre el lienzo del rostro, y el caso de esos que se acompañan por la música en sus oídos gracias a unos audífonos.
Pero ¿qué podría tener de raro trasladarnos de un lugar a otro en transporte público? Lo interesante está en esa conducta que se desarrolla por la estancia en compañía de personas desconocidas. Todo va muy bien si esos desconocidos permanecen alejados de nosotros, pero el mínimo contacto puede resultar en irritación o desconcierto, ¿por qué esta necesidad de que los demás reconozcan en nosotros un espacio que no deberían invadir? ¿Por qué esta negación al contacto con el espacio ajeno?
Observamos una actitud especial para el traslado en transporte público, como si apretáramos el botón de individualidad absoluta al entrar por los torniquetes. Es interesante que justo en el metro, como un espacio donde se está rodeado de gente, sea donde nos resguardamos en nosotros, en una interioridad que quisiera no tener que involucrarse para nada con el otro. Ni siquiera hay la posibilidad de reconocer la voz ajena, porque incluso si alguien habla y se dirige a nosotros, no lo reconocemos ¿respondemos? No. Seguramente regalamos algunas palabras de regreso, pero no unas que signifiquen una respuesta.
¿Qué ha sucedido con nuestros cuerpos que además nos delimitan como individualidades ajenos a todo nuestro entorno y a esos otros? ¿Por qué el cuerpo como espacio de contacto y sensibilidad de lo externo nos ha servido como guarida en un mundo donde lo que menos se desea es que se le transgreda?
Por supuesto que estoy consciente de que en nuestra realidad el metro no es precisamente un espacio de cordialidad o seguridad, y que en ningún caso una chica quisiera que cualquiera se le acercara, y ha sido tan poco el respeto posible que ha tenido que designarse un lugar para que viajemos. Estoy segura de que cualquiera ha cuidado en más de una ocasión su bolsillo cuando la cartera está tan cerca de otro. Quizá estos problemas determinan de algún modo esta irritación frente al otro, de tal manera que nadie quiere tener cerca a un otro ¿cómo no negar al cuerpo si parece que él, al menos en nuestra realidad, es donde en principio se nos invade? ¿cómo construir la posibilidad de recuperar nuestra sensibilidad con todas esas problemáticas que nos invaden y hacen que delimitemos nuestro espacio? Pensemos nuestro organismo como delimitación de una individualidad y cómo hemos llegado a ser yo y sólo yo.

lunes, 30 de agosto de 2010

Saludos!

Pues he aquí un nuevo espacio para inscribir algunas reflexiones!